viernes 8 de agosto de 2008

flechado


El hombre llegó caminando solo hasta la puerta de vidrio. Se miró en el reflejo y se irguió, porque venía un poco inclinado hacia adelante. Su cara parecía una foto. Podía mover el cuerpo, pero su rostro era un bloque.
Se abrieron las puertas. Una ráfaga cálida lo despeinó, aunque no le cambió la foto de la cara. Con la camisa entreabierta se acercó al mostrador. La eficiencia de la señorita de pelo negro atado tirante le indicó sacar un número. Ella no notó la flecha que él tenía clavada en el pecho. Era fina y se asomaba unos quince centímetros a través de su camisa entreabierta. No sangraba. Esa flecha estaba incrustada entre el pelo que cubría unos músculos trabajados. Una señora le ofreció el asiento. No gracias, dijo el hombre. Estoy bien.
Poco a poco, de boca en boca, de pasillo en pasillo, de enfermera a médico y de médico a paciente, corrió la noticia. Junto a un sentimiento de solidaridad con el flechado. Pobre tipo, decían todos. ¿Qué le pasó?, preguntó el médico cuando lo tuvo sentado adelante. No sé… no puedo sacarme esta flecha. Hombre, yo le pregunto cómo fue que le pasó esto. Le dije que no sé. Me desperté en mitad de la noche con una sensación rara. Agradable a pesar del dolor. Una sensación que seguramente buscaría si no la tuviera más. Prendí la luz, porque sentí el flechazo. Y entonces vi la flecha, la tenía clavada en el pecho y asombrosamente estaba vivo. Quise sacármela, pero se me patinaba entre las manos. Clavada muy profundo entre dos costillas. La agarré más fuerte, volví a tirar y sentí tal dolor que decidí dejarla así. ¿Pero sabe? Es muy incómodo. Ni bien alguien roza mi flecha, me duele tanto doctor… Bueno, vamos a hacerle unos estudios para ver cómo está su corazón. Pero no doctor, a ese corazón, el músculo, lo tengo lo más bien. ¿Me podría sacar esta flecha? No, por ahora no, y el doctor escribía recetas ilegibles.
El hombre seguía hablando, era muy importante para él dormir boca abajo y así ya no podía hacerlo, además desearía no tener esa flecha, no podía olvidarla ni un minuto. Empezaron a teñírsele las mejillas. El médico nunca había visto algo así. El flechado lo escuchaba hablar de disección, bisturí, cauterización… y el hombre meneaba la cabeza marcada por dos grandes ojos verdes. Mentolados. Pensaba que los médicos eran quienes menos sabían de estas cosas.

En la sala de espera para el ecocardiograma una señora con acento duro y extranjero le dijo que tenía que apretar los dientes y tirar con todas sus fuerzas. Ah no, ni pienso. Era un desfile, todos querían ver al hombre de la flecha. También le preguntaban su nombre, edad, de dónde era. Francisco, cuarenta y dos años. Pero sentía que no le hablaban a él. Lo estaban observando como a un caso raro. Hasta que una enfermera robusta y canosa se le acercó con aire de socorrista y lo miró de otra manera, como resignada. Él le prestó especial atención. Yo sé que no puede sacarse esa flecha, le dijo de forma brutal. Pero luego, con una ternura insospechada, agregó: mire señor, como no se la puede sacar, lo mejor va a ser cortarla. Pidió al resto de la gente que le dieran aire, que se alejaran, y se sentó al lado de Francisco. Él se hubiera levantado y escapado si no fuera por el pálpito que tenía, el pálpito de que aquella enfermera sabía lo que decía. Intuía que era la primera persona que entendía lo que le pasaba. Míreme un poco, Francisco, y dígame, ¿usted quiere ser libre, no? Mientras él asentía con la cabeza, ella tomó unas tijeras y, sin que Francisco lo notara, cortó al ras la parte expuesta de la flecha. Gracias, dijo Francisco, no tiene idea de la ayuda que me ha dado… La enfermera sonrió y le dijo: esa droga se va adueñando de los que la necesitan. Y agregó: las flechas que no pueden sacarse se dejan clavadas, duele más extirparlas que dejarlas dentro. De a poco, a Francisco se le fue pasando la cara de asombro. Y la enfermera continuó: ya verá, con el tiempo se le irá formando una dureza alrededor de la herida y no le dolerá más.
Era cierto lo que había dicho esa mujer. La dureza se formó y terminó expulsando la flecha que había sido parte de su cuerpo. Por fin soy libre… suspiró Francisco. Y murió.

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jueves 31 de julio de 2008

azul

Alas. Pájaros.
Azul. Felicidad ¿Vistes conmigo?
Pájaro prohibido.
Acomodo mis fuerzas
Azul, océano del olvido.
Amor. Tormenta. Trabajo.
Bandada de almas azules.
Luna, trocito de sal.
Vigilia para soñar sueños azul marino.
Te doy el azul. Mi pájaro azul.
No está encerrado. No me lastimes. No está en mi cerebro.
Siento. Vibro. Callo.
El por qué ignoro.
Baile azul traicionero.
Canto eterno. Sorpresa. Tesoro.
¿Quién mató al hombrecito de las flechas?
Caigo, Fallo. No soy libre.
Destierro ignorado y silencioso.
Respuesta sin pregunta: adiós.
Piedra en el pecho.
Cielo azul. Mar azul. Pájaro azul.
Libre

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jueves 24 de julio de 2008

la última visita




Abrí la puerta con cuidado. Ella no notó mi presencia. Volví a cerrarla y quedamos a solas. Me impresionó verla tan horizontal, ella que había estado siempre en pie de guerra. Hasta el último tiempo, a pesar de moverse muy poco, contagiaba vida.
Mi respiración pasó de a poco del vértigo de la calle a la paz interior. La de ella era respiración artificial, pidiendo prestadas unas bocanadas al tiempo.
En esa habitación ascética no estaba su voz, aquella que acariciaba con suavidad maternal. En cambio había un ruido mecánico dictándole el pulso a esa vida tomada. Un corazón tan bondadoso que no se podía apagar.
Detrás de la cama había un ejército alineado de luces y botones, comandos y letras, además de cables, tubos y mangueras. En la pared de enfrente había un pequeño crucifijo de madera con un cuerpo joven, entregado. Estaba solo en ese desierto y ella lo miraba.
Junté todo el coraje que encontré para pronunciar su nombre pero mi garganta se había cerrado. Dí un paso tímido y me volví a quedar quieto.
Sobre la almohada su cabeza parecía flotar como un bote en medio de un lago estático sus ojos abiertos a lo que vendría.
En la pequeña habitación de cuidados intensivos ya no estaba su aroma. Ella ahora estaba desinfectada, sin su ropa ni su coquetería. Pero sus rasgos, a pesar de los años, revelaban una armonía que no se arrugaba.
Sus ojos claros transparentaban un alma pura. Todo lo que pudo mover fueron los brillos de sus ojos que se le llenaron de lágrimas cuando me vio. Era como si a través ellos abriera los brazos para dar y recibir abrazos como el del Hijo Pródigo con su padre.
Yo había entrado con mi temor a la muerte por eso me impactó mucho más encontrar a ella cerca de dar ese paso y sin ofrecer la menor resistencia. En medio de un cuerpo antiguo sobrevivía un corazón de niña. Luminosa, ella irradiaba amor. El verdadero amor.
Sin poder pronunciar una palabra le tomé la mano. Cuando se dio cuenta de que yo había entendido su mensaje, en medio de ese monótono ritmo de respiración del mar, su mano me cedió su fuerza.
Me había hecho entender que yo no temía a la muerte sino a amar.
La sonrisa lisa dejó a esa niña. De pronto se arrugó.

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martes 8 de julio de 2008

final abierto


El tiempo arrasa, apaga, consume,

corroe, cambia, perdona.

El tiempo sabe, olvida, calma.

El ímprobo esfuerzo por retenerlo,

mata, enfrenta, distancia, descubre y pierde.

El tiempo une los extremos.

Camina por el borde del pasado que es el borde del futuro.

Traza una delgada línea sin huellas.

La línea es hoy. Hoy no hay huellas.

¿Qué pasa? La pasión pasa, la música queda.

Queda tu mirada,

quedan el sabor, el color y el olor.

¿El dolor? Pasa ¿Y el amor?

Equilibristas en la línea, entre el amor y la indiferencia,

entre la sabiduría y la mentira, entre la esencia y la máscara.

Recorre los extremos y deja las huellas,

para buscar la línea, para volver a perderla,

para buscarla otra vez.

Final abierto.

Todo llega, y pasa.


Marina Lassen

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martes 24 de junio de 2008

trigal


Me quedó tan profundamente grabada la sensación de navegar por ese mar seco, ese oro generoso, que de pronto cantó con su espuma desflecada, toda la verdad. Tenemos la responsabilidad, por pensantes, de hacernos cargo de nuestros actos.
Puedo afirmar que no hace falta ser propietario para ser rico. Viendo el trigal me sentí millonaria. Con todo ese mar dorado a mis pies, escuchando su música celestial... Hace tanto que no me sentía tan feliz!

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sábado 7 de junio de 2008

cuanto


¿Cuántas hojas de otoño y brotes de primavera?
¿Cuántos sueños han pasado y cuántos viviré?
¿Cuántas noches de desvelo?
¿Cuánto dejo y cuánto llevo?
¿Cuántos siglos caminé?
¡Cuántos libros callados!
¡Cuánto mar cansado!
¡Cuánto color vacío!
¡Cuánto sabor contenido!
¿Cuánto resistiré el hielo de la templanza?
¿Cuántas piedras arroja la venganza?
Mi corazón ya no grita de dolor
Ya no grita
¡Cuánto tiempo perdido!
Tiempo
Voy a sentir el agua fluir
Mi tiempo
El tiempo es hoy
¿Cuánto fuego dorado quemaré?

Pasó un año desde que abrí este blog. Fue un año muy intenso. De profundos planteos y búsquedas. A pesar de haber encontrado oscuras sombras el balance es positivo. Haber empezado a escribir es muy importante para mí y quiero agradecer a los que me infundieron confianza para hacerlo.
Y voy a seguir escribiendo.
Un agradecimiento especial para Irma, desde su blog Zafiros y piedras, que le adjudicó a mi blog un premio Arte y Pico. Ella forma parte del grupo que mencioné, incentivándome. ¡¡Gracias!!
Los blogs que elijo a mi vez, otorgándoles el premio Arte y Pico son:
- Mirar por la terraza de Carmen: por sus escritos, admiro su vitalidad y creatividad.
- La estepa de Pedro: por sus escritos y reflexiones.
- Painting facts de José Luis: por su pintura, textos, videos y análisis.
- Ciudad de Lobos de Carlos: por su música, junto con recuerdos.
- El país de los magos de George: por su poesía.

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miércoles 23 de abril de 2008

el tiempo


El tiempo parecía un elástico esa noche. Se estiraba y no dejaba aparecer al sol.
En Pinamar, después de bailar unos diez chicos fuimos a la playa. Tenía dieciséis años. Algunos en pareja, de la mano. Hablaban. Cantaban. Tarareé algo yo también. Nunca me voy a olvidar lo helada que estaba la arena. Me acosté formándome una montañita bajo la cabeza a modo de almohada gélida. Me detuve a oír el rumor del océano celeste. Estaba micro-perforado y muy oscuro. Faltaba mucho para que se fuera destiñendo. No había luna. No tenía apuro ni sueño. Quería ver salir el sol sobre el mar. Nunca lo había visto. Pero lo esperaba con ansiedad por su calor. No me quedé dormida ni dije nada. Escuchaba risas de lejos. Tenía esa esponja que queda en los oídos después de estar adentro de la música fuerte. Los músculos pesados. El cuerpo entregado, apoyado en toda su superficie.
En medio de la oscuridad se oyó la risa frenética de un motor. Un Mehari trazó unas líneas hasta casi la orilla. El motor se apagó junto con las rayas. Las voces resbaladizas de dos chicos se probaron mutuamente:
- ¿A que no te metés al mar desnudo?
- ¿Que no?
- ¡Están locos! –una vocecita de niña trataba de frenarlos.
Pero en seguida se oyó una carrera frenética que sacudió el suelo, risas ahogadas y gritos.
- Están borrachos- sancionó alguien de mi grupo.
Pero ya se oían los quiebres de los pasos rompiendo el agua. Se podían distinguir dos siluetas. Una dio un latigazo con su pelo largo chorreando sal. Y gritó de frío y placer. Yo me había dado vuelta y tenía los codos hundidos en la arena. El mentón en mis manos. Nadie vio la lágrima que se me escapó.
Salieron tan rápido como habían entrado, y sin parar de reír y gritar montaron al móvil que riendo como ellos se alejó.
Una tímida luminosidad, por fin, fue borrando las estrellas y dejando ver las caras de dormidos y despeinados. Yo tenía la mirada clavada en el horizonte, y lo barría de norte a sur. Ni una nube. Ni un barco. No había ni faro ni luces.
Pasó una eternidad desde que el cielo se inflamó hasta que el incendiario asomó. Pestañé y el sol ya se había despegado del mar. Esa bola de fuego ya era el sol. Ya se veían las sombrillas, las huellas y ya empezaban a moverse los eternos inquietos. Estaba helada. Quería estar en mi cama con urgencia.
Me tapé hasta la nariz con la manta pesada. Cerré los ojos. Ahí había quedado el fuego que salía del agua. Hasta me pareció que sacudía la cabeza para despejarse la cara, como aquel que había visto en la playa. Pero qué rápido había pasado el momento tan esperado!
- Ojalá que me dejen dormir hasta tarde…- pensé.
La hora, el pasado y el futuro me tenían sin cuidado en esa época. Ahora, ni bien suena el despertador, recuerdo a quien avanza dentro de mí devorándose mi tiempo. Con la mano derecha, busco el maldito aparato. Ya me cuesta moverla a ésta también. En la desesperación por callarlo no logro correr la perilla. Luego de la primera batalla ganada, me siento al borde de la cama. Antes de tomar ningún remedio los pies parecen estar apoyándose en esa esponja que hacía de sordina después de bailar. Mi equilibrio parece perdido así que una vez parada, doy pequeños pasos. Me tomo de la cómoda, luego la pared, voy como remando hasta el baño. Ahí trago mi primera dosis de tiempo del día. Tiempo artificial. El de la máscara.
Siempre odié los remedios. Prefería soportar lo que sea antes de envenenarme. Pero ahora que lo comprobé, no tomándolos estoy tanto peor que los trago con resignación. Es preferible recibir esos préstamos. Plazos de relativa normalidad. El presente se recorta en porciones de cuatro horas, que se superponen con el tiempo universal. Es como un gong que luego de sonar queda en una vibración casi imperceptible, en la que todos me dicen:
-No se te nota nada!
Pero no hay nada más implacable que el plazo de acción de un remedio cuando uno está invadido por un mal que no sueña con irse. Se termina el efecto y se vuelve a caer en sus manos. Para recordarme. Así, cada cuatro horas todo el día y todos los días que no puedo escapar nunca. Nunca.
Salgo del baño y al poner un pie en el living, noto que todo ha sido pintado de carmesí. Hay un disco difuso detrás de un humo parejo. Está borrando lo que recién era futuro. Por eso no tengo tiempo que perder. El sol, igual que el mal, no se va a detener.

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sábado 5 de abril de 2008

libertad


Estoy almorzando al borde del Río de la Plata. Se oyen varios idiomas.
Empieza a hacer menos calor, no hay ni una nube y yo necesitaba ver el horizonte… Es enorme este mar dulce de leche. Y de lejos veo la selva de cemento con una mancha turbia encima, tienen poco de buenos esos aires que el viento no llega a limpiar.

Paseo con la mirada y observo a la gente. Soy la única que comparte la mesa consigo misma. Parejas y grupos. Parientes y amigos. Me divierte observar sus actitudes y diferencias. Unos ni se miran como si ya no hubiera nada por descubrir en el otro. Los que recién se están conociendo despliegan un juego tácito de máscaras. Nadie se muestra tal cual es.

Mi alma esta vez disfruta de la soledad. No hubiera querido hacer ningún esfuerzo por comunicarme en este momento. Siento libertad pero ella trae vacío. Cuando uno no tiene nada que decidir no hay dudas. Si todo está establecido y no se cuestiona no hay angustia por tener que elegir. Pero la libertad nos deja solos con la decisión que nadie puede tomar por nosotros. Y ahí esa libertad tan deseada se transforma en un miedo terrible a equivocarnos.

De eso se trata vivir, tomar el riesgo.

De la única manera que puedo encontrar mi realización personal es buscándola yo misma. Cuando logro algo, por mínimo que sea, me produce una satisfacción única. Quiero aprender a manejar la libertad. Sólo yo respondo por mis actos o cuando dejo de actuar.

Pero ahora no tengo ganas de hacer nada. Me quedaría toda la tarde mirando el horizonte... volando lejos sin moverme de ahí.

Saludos, Marina

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viernes 1 de febrero de 2008

eternidad


El mar se había pintado de atardecer.
Sobre arena de historia. Los granos de arena eran trocitos de piedras del tiempo. Todos juntos formaban el lecho por el que iba la vida.

Al ver esas arrugas del mismo color que el cielo me pareció que la vida era eterna.
No tenía fin.
Siempre seguía habiendo agua. Reflejaba la inmensidad del cielo.

El sol acababa de intentar dividir en el horizonte el agua del cielo. Pero, derrotado, se retiró.
Quedaron unidos el cielo y la tierra. El sol no los pudo separar. Dios los había unido. Eso era la eternidad.

Había tocado el infinito. No había ni un ruido. Ni música. No escuchaba ni cantos de pájaros ni susurros del viento. El aire no tenía peso ni se movía. Sentí que mi cuerpo era ínfimo y efímero. Y a la misma vez mi alma estaba ahí, infinita y eterna.

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lunes 17 de diciembre de 2007

gargantilla púrpura


Malena se hundió en el mercado de San Telmo. Sus ojos recorrían objetos muy variados. Todo parecía tener vida.
Se detuvo ante una pila de discos de pasta. Empezó a oír la canción del disco que tomó en sus manos, quitándole una capa de polvillo. Sólo tu, de los Plateros, le trajo a su marido de nuevo y sintió en la mejilla la de él, suave como la de un bebe pero con perfume de hombre. Recordó cómo esa noche que bailaron juntos se habían jurado amor eterno. No. Dejó el disco dónde estaba. Junto al de aquel rock que había bailado como loca en aquellas épocas.
Se alejó y siguió mirando semi ensoñada. Encontró revistas Billiken que leía en su infancia…
Pero ella buscaba algo. Iba a una fiesta y se pondría un vestido sin breteles. Pensó en comprarse un collar especial.
Entre toda esa ropa y accesorios usados que respiraban historias y callaban, se le interpusieron unos zapatos. Estaban forrados de seda púrpura, de taco bajo y una hebilla rectangular que encerraba unos brillantes.
No eran de su número, pero le gustaron tanto que preguntó:
- ¿Cuánto cuestan estos zapatos?
- ¡Ah! ¿Esos? Sólo se venden junto con la gargantilla.
- Puedo ver la gargantilla?
La señora, con sus dedos toscos abrió un cofrecito azul, labrado y desteñido y de ahí dentro apareció un destello de luz..
La cinta era de la misma seda que la de los zapatos y parecía no haber sido usada. Y el rectángulo plateado la encandiló con su brillo. En el centro, entre los brillantes faltaba uno. Dejaba un hueco.
La vendedora trató de disimular la falla pero a Malena se le antojó más interesante aún.
No le importó pagar una fortuna por esos zapatos que no podía usar, por ser demasiado pequeños. Desde que vio esa gargantilla era lo único que se pondría en su cuello.
Se duchó y recogió su cabello, se acarició lentamente todo el cuerpo estirando una crema humectante perfumada. Se miró al espejo un poco insatisfecha con las modificaciones a las que la había sometido el tiempo. Pero presentía que algo especial estaba por suceder.
Luego de aspirar su abdomen para poder ceñir el corsé del vestido, sin demora, se prendió la gargantilla. Los brillos de ésta saltaron al espejo y la bañaron. Se vio por fin como siempre se había imaginado. Desde chica había soñado con este momento. Su sensación era la de no tener edad y ser poseedora de toda la magia. ¿Sería mágico eso que se había puesto?
En la fiesta brilló y bailó toda la noche, volando lejos de ahí.
Bailaba entre las estrellas y la luna abierta. Giraba entre sueños y recuerdos. Convivía con la ilusión y la nostalgia.
Pero no encontró al príncipe azul.

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viernes 19 de octubre de 2007

recobró la vista


Detrás de las piedras del tiempo se había encerrado un hombre que no quería ver.

Era ciego pero también estaba ciego al amor.
En su mansión todo estaba ubicado bajo un rígido esquema, hasta los jardines estaban prolijamente recortados en formas geométricas como lo indicaba el dueño por medio de su gato negro, Kot. Él era sus ojos y le decía todo lo que veía y cómo se veía. Era su único interlocutor ya que nadie se atrevía a hablarle.



Alfredo, el ciego, y Kot estaban en una sala escuchando música clásica, como siempre hacían a esa hora de la tarde. Todo en su vida era una sucesión de rutinas de la que nada se podía salir: ni el orden de abotonarse la camisa (era mejor que nada torciera ese orden porque desataba su ira incontenible).


Si en su paso por los lugares de siempre algo estaba fuera de lugar, averiguaba quién era el culpable y lo sancionaba rudamente.

Kot vivía para mantener el orden que su amo pretendía.

Ella atravesó un pequeño puente de piedra dirigiéndose, etérea, hacia la casa que se levantaba entre terrazas de verde alineado. Cuando Kot vio a través de un hueco entre los cortinados de espeso terciopelo a esa casi niña, endemoniadamente bella, acercándose a la casa, se inquietó. Alfredo le peguntó qué había visto. Le ocultó que había una mujer luminosa de cabello largo con hebras de fuego y movimientos felinos que hacía aletear sus ropas blancas a cada paso por el jardín. Corrió a decirle a un lacayo que impidiera como fuere la entrada de esa mujer.



Ya estaba subiendo graciosamente los escalones de la entrada de dos en dos, devolviéndole la mirada hostil al lacayo, con una sonrisa lisa. Este, titubeando, le dijo que se alejara ya que la peste se estaba llevando a todos en esa casa y era sumamente contagiosa. Pero ella no se inmutó, encogiéndose de hombros contestó:

- Yo también soy contagiosa.


Al entrar, acostumbrándose a la penumbra, observó la espada de los ancestros, trofeo de ilustres batallas ganadas en otros tiempos, colocada sobre la chimenea junto al escudo familiar. Mientras avanzaba iba corriendo de lugar los candelabros de madera labrada, los jarros de peltre y todo cuanto podía, para desesperación del lacayo que iba detrás de ella volviendo todo a su estipulada ubicación.


Kot descubrió que iba a ser imposible con ella: era evidente que tenía la firme intensión de despertar en el ciego su pasión por la vida. Su último recurso era rogar que alguien hubiera cerrado la puerta del cuarto principal con llave.

Ella llegó hasta la puerta con incrustaciones de marfil, al fondo del salón.


La fémina encontró la llave dentro de un cofrecito. La introdujo en la ceradura y la giró. Lo hizo con un gesto que Alfredo lo vio, con el corazón. La suave determinación, la manera en que ella giró la llave hizo que él sintiera que lo que se abría no era esa puerta sino su alma. Al sentir su perfume intentó resistirse simulando su habitual mal genio, pero al mismo tiempo su corazón lo ensordecía y lo devoraba el deseo de abrazarla.

Notando el cambio en su amo, Kot se fue arrastrando lentamente las patas.







La imagen es una pintura de Jose Luis Parodi

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martes 24 de julio de 2007

Impulso creador



Por las estrechas callecitas resonaban los pasos de Ernesto, que esa tarde gris plomo observaba la aldea como si no fuera allí donde había crecido. Los adoquines descansaban lisos sobre la tierra de los siglos y las pequeñas ventanas apenas dejaban entrever algo de luz temblorosa. Del corazón de las casas se escapaban vahos de comidas caseras mezclados con ecos de voces familiares.
Ernesto vivía en silencio y pintaba. No les encontraba sentido a las fiestas que se celebraban ahí pero tampoco soportaba su soledad... Se encerraba en su atelier a pintar y en sus pinceladas sentía alivio.
Pintaba sólo retratos que nacían de su imaginación. Eran como mapas de almas sufrientes de hombres y mujeres jóvenes, con rasgos delicados y suaves. A veces creía que Satán era el que guiaba su mano; los vecinos afirmaban eso, ya que no pintaba imágenes religiosas sino más bien realistas, cosa muy avanzada para la Edad Media.
El artista era ermitaño porque la gente se apartaba de los que no seguían al rebaño guiado por Dios. Como si fueran jueces, los piadosos se cruzaban comentarios de desaprobación y no les dirigían la palabra a los que eran considerados brujas o demonios.
Ernesto oyó música sacra. Un cántico gregoriano que rebotaba en las paredes de la solemne catedral a la que entró después de mucho tiempo de ausencia. Esas voces y las altísimas bóvedas ojivales; esas paredes desnudas cortadas por angostos vitrales de mil colores, por un momento lo elevaron. Un grupo de mujeres lo miró con desconfianza, persignándose. Antes de salir Ernesto se despidió de la Virgen, prendiéndole un cirio.
Debía dejar ese lugar definitivamente, quería irse lejos de ahí.
Ya por el camino polvoriento en medio de los ondulados sembradíos y pasturas se serenó un poco. Vio en el cielo nublado un gigantesco cigarro negro. Sus ropas fueron embestidas por el vendaval y empezaron a caer pesadas gotas que despertaron el olor de la tierra. Le dolieron esas gotas como si lo estuvieran apedreando. Abrumado, sentía que sus pies descalzos se hundían en una masa espesa, que se ensañaba con su voluntad. Se le hacía tan difícil dar cada paso que creía estar siempre en el mismo lugar, hasta que resbaló y cayó de rodillas. Tomando puñados de barro que se le escurrían entre sus dedos, levantó los brazos al cielo y sintió el impulso de crear con ese barro al ser que había pintado el día anterior, perfecto y de ojos almendrados que lo habían asombrado con su belleza. Quería que fuese de carne y hueso. Un relámpago pareció reírse de él.
A la mañana siguiente, un juglar que se acercaba a la aldea, con las agujas de la Catedral gótica a la vista, encontró un cuerpo fulminado, pero de rodillas y con los puños cerrados.

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sábado 7 de julio de 2007

Máscara Invisible


Se despertó muy temprano. Su marido dormía con respiración rítmica. Sin hacer el menor ruido, con movimientos cuidadosos se levantó. Salió en puntas de pie con las zapatillas y la ropa en los brazos para cambiarse afuera del cuarto. Por la ventana vio que encima de los pinos, el cielo ya se había aclarado, pero todavía estaba teñido de púrpura.
Giró despacio el picaporte y la puerta se abrió con un quejido. Salió.
Ana inspiró profundo: el aire estaba impregnado de aroma marítimo y el ronroneo de las olas la inundó de energía vital. El día recién nacido comenzaba a palpitar.
Cuando llegó a la arena se descalzó y empezó a caminar hacia el sol por la orilla. La agitación del agua coincidía con su espíritu inquieto. Unas huellas parecían frescas en la arena húmeda y las comenzó a seguir. Sobre una huella encontró algo que brillaba, gelatinoso, transparente e incoloro. No era un "agua viva". ¿Qué podía ser? Lo tomó con dificultad porque se le resbalaba de las manos, y notó que ese raro objeto tenía rasgos humanos. ¿Sería una máscara?
Apuró el paso. Al no ver a nadie empezó a correr al borde del mar. Corría sobre esas huellas que parecían suyas y trataba de no perder la máscara encontrada, cuando para su desconcierto las huellas se disolvieron en la estela del mar. La lámina de agua que acariciaba todo con aparente dulzura las había borrado. Volvió hacia atrás. Las últimas huellas visibles se habían desmoronado hacia adentro.
Alzó la vista. Sólo veía mar infinito. Atónita, se llevó las manos a la cara, olvidándose de lo que traía en ellas. Dejó de sentir la luz cálida que recibía en sus hombros y el frío que casi la cortaba a la altura de los tobillos.
Sus pies volvieron a pisar la arena inerte y la llevaron de vuelta sin que percibiera más la belleza de esa costa gastada por el tiempo. Ya no veía las flores blancas que sostenían el sendero. Llegó a la cabaña.
Sus hijos estaban despiertos. Al verla entrar observaron algo extraño en ella, como si su mirada estuviera vacía.
Ella percibía todo a través de una bruma, los oía desde lejos:
- ¿Dónde estabas, Mamá?
La mujer que acababa de entrar era parecida físicamente a su madre pero los miraba como a extraños y trataba en vano de reflejarse en los ojos inocentes de los niños, que a su vez tenían la sensación de haber dejado de existir.
No se sentía bien así. No sentía nada. No había advertido que cuando se colocó sin querer esa máscara había quedado insensible y aislada.
No salían de su asombro. La oían balbucear sin cesar. Percibían su angustia pero no entendían sus disculpas ni sus promesas. Su marido la miró frunciendo la cara, incrédulo, y ella fue a mirarse al espejo.
Y nada. Ana no podía verse la cara. Se la tocó y al no sentirla recordó que la última vez que había hecho ese gesto estaba con los pies helados en el agua. Se lavó frotándose fuerte y se miró.
Recobró su sensibilidad nítida. Volvió a ser ella misma.

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miércoles 13 de junio de 2007

Lo bailado



Entraba despacito la novia que parecía la viva imagen del Nacimiento de Venus de Boticcelli, del brazo de su padre, paquetérrimo, con un coro de unas 8 personas cantando la clásica marcha nupcial de Hendel. ¡Que simbólico que es un casamiento! En general no puedo evitar vivirlo como si yo fuera un poco alguno de los protagonistas. Sin embargo esta vez me paso otra cosa, estaba como si me hubiera metido de contrabando en la filmación de una película. Como si lo que estuviera pasando no fuera más que un rodaje de una sola toma sin ensayo, como el Arca Rusa, en la que todos éramos actores. Así lo viví yo, como de afuera, pero en medio de todo actuando, percibiendo los nervios de los familiares, por que todo salga bien, la emoción contenida y la exaltación medida.

Así estaban todos cuando la novia llego al altar y el padre la entregó al novio, se sentía en el aire la intriga por lo que iba a decir el cura. Estuvo muy simpático porque rompió el hielo diciendo que hace diez años ella le había dicho que cuando se casara quería que fuera él quien la casara, y agrego: menos mal que apareció el novio y no estamos aquí solos vos y yo… (se oyeron risas nerviosas por toda la capilla, en la que no cabía más ni un alfiler)

En el atrio todos se saludaron diciéndose las típicas preguntas: ¿todo bien? ¿Los chicos bien? ¿El trabajo bien? A lo que no se puede contestar otra cosa que esa ultima palabra que quedó lanzada como a un frontón donde sólo puede rebotar.
Fuimos a una casa antigua colonial de ensueño. Era una tarde perfecta con el clima ideal y el paisaje bucólico que no hacía más que aumentar la sensación de set de filmación. Pero las cámaras no estaban por ningún lado, solo la de un fotógrafo que les sacaba los retratos a la pareja protagonista.
Nos sentamos después de un rato de saborear exquiciteces de todo tipo que iban trayendo los mozos en sus bandejas, mientras iba cayendo el sol y se oían conversaciones superpuestas: ¡mira quién esta acá! ¡Qué divino este lugar! ¡Cuántos mosquitos! ¿Cómo no fumigaron?

Elegimos una mesa que estaba bajo una galería abierta, yo con un poco de miedo de tener frío, me preguntaba por que no me había llevado un buen abrigo… La charla entre los 8 que compartimos una mesa redonda fue muy amena, yo participe básicamente con mi sonrisa ya que ni intente hablar, cuando hay música de fondo y bullicio general mi tono bajo de voz ni se oye. Pero en pocos momentos hubiera acotado algo de todos modos.

Cuando ya el frío me empezaba a apretar, después de la comida, le dije a mi marido si quería ir a ver la casa por dentro. Se estaba generando el clima previo al baile en un patio interno techado, bastante oscuro, con reflectores giratorios y el disc-jockey que iba pasando música chill-out que cada vez insinuaba más ritmo. Las hermanas del novio, unas semi diosas, rubias esculturales, se arreglaban el maquillaje en el toilette con cierto nerviosismo. Parece mentira, en el reparto de belleza como se puede haber exagerado tanto en estas chicas. Que aparte de sus curvas voluptuosas son dueñas de una simpatía, que las hace in-envidiables.



Luego del vals, algún fox trot y un mambo, fue aumentando el ritmo de la música y la desinhibición. Llegando a la electrónica Some velvet morning al novio lo vimos primero pasar como Superman, llevado por los amigos, después a ella, los tiraron por el aire haciendo contener a todos la respiración viendo si los atajaban.
De repente se vio la figura del novio en una pose fija, como un robot señalando con el brazo en alto y el índice extendido hacia arriba, subiendo sobre un disco sostenido por un montón de brazos hasta quedar extendidos. Era la tapa de una mesa, sostenida por unos quince chicos que baliaban saltando al ritmo de la música, mientras el protagonista de la noche dio unos pasos de break dance con notable equilibrio, subido a esa improvisada tarima movediza. Cabe aclarar que es bastante tímido, un alemanote bastante seco. No se podía creer verlo así, ¿que habrá tomado? Pensaba yo. Hasta se paro de cabeza desafiando las leyes de gravedad… y poniendo loca a la madre que no sabía si era más grave el peligro de caída de su hijo o el papelón…

El rato siguiente yo me sentí integrada a los hechos y la música. Baile y me olvide de todo por un rato.

De nuevo en la mesa, ya con un grupo más grande, en que el nivel de alcohol hizo su trabajo, llegó el momento en que todos se pusieron a confesar algún episodio “loco” protagonizado en la adolescencia. Yo seguí escuchando, sonriendo y registrando.

Cuando nos íbamos tuve miedo de que me atrape la ola de temblores tan fea, se lo dije a mi marido y me dijo bajito: no, no te va a pasar. Tomándome la mano me dijo firme: vamos a hacer así, caminamos rápido, así. Yo me sentía un barrilete, arrastrado a toda velocidad, pero tomada de esa mano, el frío quedó en la piel, no llegó más adentro, justo llegamos a la puerta del auto antes de que estrene mi sacudida. Pero ya estaba ahí. Me senté y me focalice en sentir la calefacción y la compañía amorosa de mi marido que me cubrió con su saco que había quedado en el auto, me fui relajando.

Mientras las rayas blancas pasaban por debajo nuestro como si patináramos por la ruta, me pareció que no era tan diferente a los demás. Me llamó la atención que cuando la gente “sana” se desinhibe muestran las mismas dudas existenciales, vacíos y miedos que los míos. A mi no me hacía falta tomar nada que me ponga los ojos como pelotitas de ping pong para bailar ese ritmo frenético. Asombrosamente me es mucho mas fácil que caminar y eso me produce una alegría difícil de transmitir, por un rato porque al cansarme me empiezan los calambres, pero… ¿quien me quita lo bailado?

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lunes 16 de abril de 2007

Pais del Parkinson

Conducía su auto como en medio de un rebaño de ovejas. Cuando paraban ella también, si aceleraban, ella también lo hacía. Tan ensimismada iba en medio del tráfico, que no tenía bien en claro a dónde se dirigía. Seguía la corriente como en piloto automático.
Margarita no podía evitar sentirse igual a su abuela. No había mucho de lógico, no tenía ni pruebas fehacientes ni de ningún tipo. Era simple, había visto desde cerca como era eso de vivir en un país ajeno. Una vez expulsada del propio donde dos mas dos eran igual a cuatro, de ahí en más todo podía suceder. Estaba marginada por enferma en el mundo de los sanos.

Con el diagnostico a sus 35 años se vio expulsada de su sueño. Quedo aislada, sola en medio de todos, la rodeaba una barrera infranqueable que no solo ella no podía atravesar hacia afuera sino que los demás hacia ella tampoco. Así, siendo muy joven aun no tenía mas remedio que aguantarse y ser para siempre la diferente.

Un semáforo en rojo la hizo detener delante de una publicidad que era una foto gigante de una jovencita sugerente recostada, con botas y un abrigo de cuero. Margarita no se molestó en averiguar qué promocionaba. Le daba igual que fuera de shampoo o ropa de cuero, solo veía esa perfección tan vacía.

Recordó que años atrás ella misma había sido modelo, de líneas largas, había sido bonita. Sus movimientos habían sido felinos, esos que consisten en una mezcla de perezosos y etéreos. Con toda naturalidad podía hacerse dueña del aire que la rodeaba haciéndolo formar suaves remolinos detrás de sí.
Eso nadie sabía con certeza en que momento se desactivó. Simplemente se transformó en otra persona, una extraña, que es como se sintió cuando empezó a notar el defasaje entre ella y su entorno.
Sus movimientos se tornaron rígidos, sus pasos dubitativos con la inseguridad que genera un terreno desconocido y sus gestos toscos intentando a toda costa pasar desapercibida, que no se notara de donde venía. Especialmente avergonzada, por no decir humillada, cuando la atacaba un temible episodio que demostraba implacable su parálisis agitante.

Craso error el de tratar de disimular el origen, que la llevo a la frustración. Se moría por parecer nativa, como todos los demás, incluso como ella misma en sus viejas épocas, no extranjera. Es que así es como se sentía Margarita, era una extranjera en su cuerpo. Cuanto más se esforzaba por actuar como antes más decepción cosechaba y era in-disimulable porque llevaba su nueva nacionalidad a cuestas: Parkinson. Eso le dijeron que era.
Cruzó las vías del tren recordando que iba como todos los días que le tocaba, a buscar a los chicos a la puerta de la escuela. Se tocó el cuello con la mano izquierda porque tenía una fuerte contractura y sintió como si alguien la tocara con un guante. De inmediato se puso a seguir probando, a ver cual era la parte insensible, la yema de los dedos o el cuello. Se tocó el antebrazo derecho y comprobó que los dedos de la mano izquierda estaban fríos.
En ese país no se percibía más la realidad como ella sabía. Confiaba mucho en su olfato para todo. Ahora era como si estuviera adentro de un envase plástico hasta con algo de rancio olor a plástico. Que dicho sea de paso, no sabía bien si era plástico o medicamento, pero todo olía a eso. Incluso sabía a eso. Todo, el agua, el aire, su boca…

Venía pensando en que fue expulsada de su realidad anterior, y condenada por la fuerza a la enfermedad, que era hasta siempre, cuando estacionó delante del portón metálico, frente al que ya había algunas madres. Para abrir la puerta del auto usó la mano derecha, con lo que recordó que debería haber tomado su dosis de remedios correspondiente a la tarde…
La conversación de esas mujeres a Margarita se le antojó terriblemente despreocupada. Nadie tiene la culpa, ni de que los demás se hubieran quedado en su país ni de que ella se sintiera exiliada. Pero esto no solo se debe a que el idioma de su cuerpo es otro sino también a la baja autoestima, la depresión y la ansiedad, propias del cuadro del Parkinson. Esto dificultaba mucho su relación con el resto, notaba como se les transformaban las caras por el horror al ver irremediablemente que se venía un cuento de su país, del que nadie quería saber nada. A menos que fuera algo bueno, divertido, gracioso, algo que se pudiera comprar o conseguir, algo que les hiciera pasar el rato y no sufrir. No, definitivamente a nadie, por más voluntad que pusiera, le gustaba escuchar de su país, tan chiquito e insignificante.
Hablando con sus compatriotas, los otros enfermos de Parkinson se sentía por fin como en su casa, podía compartir la nostalgia del exilio y las dificultades de adaptación a todo lo nuevo. Empezaba a entender por que siempre se agrupaban las comunidades extranjeras en otros países.

Sonó el largo timbre tan esperado por los chicos anunciando el fin del día escolar. Ahí parada, Margarita sintió que el piso se movía, en su esfuerzo por que no se notara estaba sola. Abrieron el portón dos maestras que fueron llamando por megáfono a todos. Cuando Margarita escuchó:

- Pool setenta

Era el suyo, giró la cabeza para mirar hacia el patio y su visión siguió girando...
Perdió el equilibrio y menos mal que estaba cerca de la pared porque evitó la caída apoyándose bruscamente contra ella. Notó que solo se había dado cuenta la maestra de primaria, y le preguntó:
- ¿Estás bien?

Sabiendo que tenía los ojos rojizos por el cansancio debido a dormir poco no quiso mirarla, no atino a decir otra cosa que:

- Si.

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Perfect Day - Lou Reed