Se abrieron las puertas. Una ráfaga cálida lo despeinó, aunque no le cambió la foto de la cara. Con la camisa entreabierta se acercó al mostrador. La eficiencia de la señorita de pelo negro atado tirante le indicó sacar un número. Ella no notó la flecha que él tenía clavada en el pecho. Era fina y se asomaba unos quince centímetros a través de su camisa entreabierta. No sangraba. Esa flecha estaba incrustada entre el pelo que cubría unos músculos trabajados. Una señora le ofreció el asiento. No gracias, dijo el hombre. Estoy bien.
Poco a poco, de boca en boca, de pasillo en pasillo, de enfermera a médico y de médico a paciente, corrió la noticia. Junto a un sentimiento de solidaridad con el flechado. Pobre tipo, decían todos. ¿Qué le pasó?, preguntó el médico cuando lo tuvo sentado adelante. No sé… no puedo sacarme esta flecha. Hombre, yo le pregunto cómo fue que le pasó esto. Le dije que no sé. Me desperté en mitad de la noche con una sensación rara. Agradable a pesar del dolor. Una sensación que seguramente buscaría si no la tuviera más. Prendí la luz, porque sentí el flechazo. Y entonces vi la flecha, la tenía clavada en el pecho y asombrosamente estaba vivo. Quise sacármela, pero se me patinaba entre las manos. Clavada muy profundo entre dos costillas. La agarré más fuerte, volví a tirar y sentí tal dolor que decidí dejarla así. ¿Pero sabe? Es muy incómodo. Ni bien alguien roza mi flecha, me duele tanto doctor… Bueno, vamos a hacerle unos estudios para ver cómo está su corazón. Pero no doctor, a ese corazón, el músculo, lo tengo lo más bien. ¿Me podría sacar esta flecha? No, por ahora no, y el doctor escribía recetas ilegibles.
El hombre seguía hablando, era muy importante para él dormir boca abajo y así ya no podía hacerlo, además desearía no tener esa flecha, no podía olvidarla ni un minuto. Empezaron a teñírsele las mejillas. El médico nunca había visto algo así. El flechado lo escuchaba hablar de disección, bisturí, cauterización… y el hombre meneaba la cabeza marcada por dos grandes ojos verdes. Mentolados. Pensaba que los médicos eran quienes menos sabían de estas cosas.
En la sala de espera para el ecocardiograma una señora con acento duro y extranjero le dijo que tenía que apretar los dientes y tirar con todas sus fuerzas. Ah no, ni pienso. Era un desfile, todos querían ver al hombre de la flecha. También le preguntaban su nombre, edad, de dónde era. Francisco, cuarenta y dos años. Pero sentía que no le hablaban a él. Lo estaban observando como a un caso raro. Hasta que una enfermera robusta y canosa se le acercó con aire de socorrista y lo miró de otra manera, como resignada. Él le prestó especial atención. Yo sé que no puede sacarse esa flecha, le dijo de forma brutal. Pero luego, con una ternura insospechada, agregó: mire señor, como no se la puede sacar, lo mejor va a ser cortarla. Pidió al resto de la gente que le dieran aire, que se alejaran, y se sentó al lado de Francisco. Él se hubiera levantado y escapado si no fuera por el pálpito que tenía, el pálpito de que aquella enfermera sabía lo que decía. Intuía que era la primera persona que entendía lo que le pasaba. Míreme un poco, Francisco, y dígame, ¿usted quiere ser libre, no? Mientras él asentía con la cabeza, ella tomó unas tijeras y, sin que Francisco lo notara, cortó al ras la parte expuesta de la flecha. Gracias, dijo Francisco, no tiene idea de la ayuda que me ha dado… La enfermera sonrió y le dijo: esa droga se va adueñando de los que la necesitan. Y agregó: las flechas que no pueden sacarse se dejan clavadas, duele más extirparlas que dejarlas dentro. De a poco, a Francisco se le fue pasando la cara de asombro. Y la enfermera continuó: ya verá, con el tiempo se le irá formando una dureza alrededor de la herida y no le dolerá más.
Era cierto lo que había dicho esa mujer. La dureza se formó y terminó expulsando la flecha que había sido parte de su cuerpo. Por fin soy libre… suspiró Francisco. Y murió.








